Memoria Viva De Un Creyente De Ojos Abiertos
Desde hace tiempo, se ha
acuñado, en el lenguaje teológico, una expresión muy gráfica y significativa:
espiritualidad de “ojos abiertos”. Fue el famoso teólogo alemán Johann Baptist
Metz el que empezó a ponerlo en circulación: “la experiencia de Dios inspirada
bíblicamente no es una mística de ojos cerrados, sino una mística de ojos
abiertos; no es una percepción relacionada únicamente con uno mismo, sino una
percepción intensificada del sufrimiento ajeno”.

Vamos a recorrer esta
espiritualidad vicenciana de ojos abiertos. Vamos a penetrar en su entraña, es
decir, en las columnas que sostienen, en las coordenadas fundamentales que la
iluminan, en los jalones que la especifican y en las exigencias que conlleva.
Todo ello significa bucear en la “mismidad”
(empleando una expresión orteguiana) de este creyente lúcido y radical.
·
TRES COLUNMAS BASICAS
No nos queda más remedio que acudir de nuevo a
la frase lapidaria y sugerente de Vicente de Paúl: “tal es mi fe y tal es mi
experiencia”. Porque, en esa frase, se intuye toda la trama de su
espiritualidad. Una espiritualidad que va apuntalándose y creciendo al ritmo de
su fe y de su experiencia, una espiritualidad que va desplegándose como un
inmenso abanico movido por su fe y su experiencia.
Por eso, siguiendo la fe
y la experiencia de Vicente de Paúl, podemos empezar a establecer el edificio
de la espiritualidad vicenciana. Y lo hacemos comenzando por las columnas
básicas de esta espiritualidad, columna que el mismo Vicente de Paúl,
construyó, potenció, y legó a sus seguidores.
La
primicia de Dios
Los teólogos antiguos, al
hablar de la relación con Dios, decían que la forma más profunda y existencial de creer es “credere in Deum”. Es decir –y dicho en román paladino- una fórmula
que equivale a tener una experiencia personal de Dios, confianza absoluta en su
amor, vivencia gozosa de su misericordia, apoyo incondicional en su fidelidad.
Es la primera columna de
la espiritualidad de Vicente de Paúl. Él ha experimentado que Dios le ha sacado
de la tierra de Egipto, y que le ha conducido a través del éxodo, a la tierra
prometida. Vicente de Paúl sabe que ha llegado donde ha llegado no por sus
propias fuerzas, sino por la mano de
Dios. Vicente de Paúl se sabe perdonado, acogido, salvado, habitado por Dios
Padre.
En Vicente de Paúl, el
amor de Dios y el amor a Dios ocuparon siempre la primacía y el absoluto de su
vida, y puedo llegar a ser el gran defensor de los pobres por que hizo radicalmente
efectivo su amor a Dios.
En numerosas ocasiones
habla Vicente de Paúl de “dejarse llevar por la amorosa providencia”, pero no
de una forma quietista o con una actitud de despreocupación, sino
“consumiéndonos por Dios, no teniendo bienes ni fuerzas más que para gastarlo
por Dios, es lo que hizo Nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre”.
En Vicente de Paúl, la pasión por Dios posibilitó, vertebró, y dinamizó su
pasión por los pobres.
La
centralidad de cristo

Estos tres rasgos de
Cristo constituyen la raíz específica y original de la espiritualidad vicenciana.
Todos los demás elementos de esa espiritualidad son como un despliegue de esos
tres rasgos de Cristo. No es que Vicente de Paúl ignore otros rasgos de Cristo,
pero como no puedo abarcarlos todos, se fija especialmente en esos tres por
están en la línea de su vocación y de su misión, y, además va a ser los puntos
clave de la vida de las instituciones que él fundó.
Esta centralidad de
Cristo se puede resumir en la famosa frase que Vicente de Paúl escribió al P. Portáil: “acuérdese padre que vivimos
en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo
por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en
Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que
vivir como Jesucristo”.
La
pasión por los pobres

Se puede decir que los
pobres fueron su pasión dominante. A los pobres los ama sin romanticismos; con
calor, inteligencia e identificación, desde sus heridas y desde el seguimiento
de Jesucristo, dispuesto a pagar el precio necesario; uniendo a cuantos más, de toda condición a
esta “ tarea divina”; desde las dos categorías complementarias del amor
cristiano: la curativa y la preventiva; y con agradecimiento.
FERNÁNDEZ, Celestino. Vicente de Paúl Un Corazón Sin Medida. Ed. La Milagrosa, Madrid, 2014. Pg. 81-85.
Memoria Viva De Un Creyente De Ojos Abiertos
Reviewed by Pastoral Vocacional- Familia Vicentina
on
agosto 17, 2017
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